Interpretar no es repetir palabras escritas, sino habitarlas. Y, sin embargo, incluso los más experimentados tropiezan con algo tan humano como la falta de equilibrio. En el RolePlay, cada personaje que creamos nos enfrenta a un desafío distinto: el de mantenerlo vivo, coherente, creíble. Pero también el de no perdernos en él. Porque el error más común al interpretar no es fallar… es olvidar por qué empezamos a hacerlo.
Uno de los fallos más frecuentes es confundir intensidad con realismo. Algunos jugadores creen que, para ser creíbles, deben llevar cada emoción al extremo. Gritar más, sufrir más, exagerar más. Pero la verdad está en lo sutil. En el gesto contenido, en la pausa antes de hablar, en la contradicción que no se resuelve. La interpretación más profunda no es la que más se ve, sino la que más se siente.
Otro error habitual es jugar desde el ego y no desde la historia. Convertir al personaje en un vehículo para destacar, para ganar cada escena, para imponer el propio relato. Pero el RolePlay no es una competición; es una danza colectiva. Si solo interpretas para brillar, el mundo que compartes se apaga. Escucha, reacciona, permite que los demás influyan en tu personaje. A veces, ceder una escena es el acto más generoso —y más artístico— que puedes hacer.
También está el peligro del personaje estático, aquel que no cambia nunca. A veces por miedo, otras por comodidad, el jugador lo congela en una versión que deja de crecer. Pero todo personaje necesita contradicción, error, evolución. Si no cambia, muere. Déjalo equivocarse, dudar, perder. Solo así podrá tener verdad.
Y está, quizás, el error más silencioso: olvidar la frontera entre tú y él. Hay jugadores que se funden tanto con su personaje que acaban cargando con sus emociones fuera del juego. El RolePlay puede ser intenso, pero debe seguir siendo seguro. Es importante aprender a cerrar la puerta cuando termina la escena, a despedirse sin romperse. Interpretar no debería doler más de lo que enseña.
Evitar estos errores no significa jugar perfecto. Significa jugar consciente. Saber cuándo estás interpretando y cuándo estás sintiendo demasiado. Darte permiso para equivocarte, pero también para detenerte y mirar desde fuera.
El RolePlay, al final, es una conversación entre dos voces: la tuya y la del personaje. Ninguna debe gritar más que la otra. La primera aporta intención, la segunda verdad. Si aprendes a escucharlas al mismo tiempo, descubrirás que la interpretación deja de ser actuación… y se convierte en arte.
Quizás por eso los errores no son tan terribles. Son solo recordatorios de que seguimos aprendiendo. De que detrás de cada fallo hay una oportunidad de hacerlo más humano. Porque el RolePlay no busca la perfección, busca la emoción sincera. Y para encontrarla, a veces, hay que perderse un poco en el camino.
— DyabloRosa







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