Hay algo profundamente poético en los reencuentros. No los planeados, no los que se escriben con antelación. Hablo de esos que llegan sin previo aviso, cuando dos personajes que una vez compartieron historia se cruzan de nuevo en mitad de una escena cualquiera. A veces sin palabras. A veces con una simple mirada que lo dice todo.
En el roleplay, el tiempo tiene su propio lenguaje. A veces corre rápido, otras se detiene, pero siempre deja huella. Y cuando dos caminos que parecían haberse separado se cruzan otra vez, no solo traen consigo la emoción del presente, sino también el eco de todo lo que fue y ya no es. O tal vez sí, pero cambiado.
No importa cuánto haya pasado. Puede que hayan sido semanas, meses, incluso años en tiempo narrativo. Pero ahí están, frente a frente. Ya no son los mismos, y sin embargo, algo late igual. El reencuentro despierta lo dormido, agita lo no dicho, y con suerte, permite que algo nuevo florezca entre los restos de lo que fue. Hay silencios que contienen más historia que mil líneas de diálogo, y miradas que se entienden aunque no haya guion.
El reencuentro, si se permite desde la verdad del personaje, tiene una fuerza narrativa que desarma. Nos recuerda que las historias no siempre terminan, a veces simplemente se pausan. Nos confronta con el crecimiento, con las heridas, con las elecciones. ¿Quién soy ahora que te vuelvo a ver? ¿Qué haría distinto? ¿Qué conservaría?
Y ahí está la belleza: no en intentar recuperar el pasado, sino en permitir que ese pasado deje su rastro en el presente. Rolear un reencuentro no es buscar repetir una escena antigua, sino aceptar que el tiempo ha hecho lo suyo, y que eso también forma parte de la historia. Quizás haya rencor, quizás gratitud. Tal vez duelo. Tal vez risa. Todo cabe. Todo tiene sentido si nace desde el personaje y su evolución.
Personalmente, creo que no hay nada más real que ese momento en el que dos personajes se quedan callados porque no saben por dónde empezar. Porque el peso de lo que vivieron es tan denso que cualquier palabra parece poco. Y sin embargo, ahí están. Compartiendo espacio. Dando una nueva oportunidad al relato.
Porque, al final, eso es el roleplay: un territorio donde las historias no mueren del todo. Solo se transforman. Y en los reencuentros, a veces, encontramos la mejor versión de ellas.
—DyabloRosa







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