Hay personajes que llegan para quedarse un rato… y acaban ocupando más espacio del que imaginamos. Nos enseñan a mirar el mundo con otros ojos, a explorar emociones que tal vez no sabíamos nombrar, y a veces —sin darnos cuenta—, se convierten en refugio, en espejo, en una especie de hogar. Por eso no es fácil dejarlos ir. Y sin embargo, aprender a hacerlo es parte de lo que hace que el roleplay sea algo más que un juego: lo convierte en una experiencia transformadora.
Cerrar una historia no significa traicionar lo vivido. Tampoco es un abandono. Es, más bien, un acto de honestidad. Saber cuándo una trama ha dicho todo lo que tenía que decir, cuándo un personaje ha llegado al final de su arco, no es rendirse: es reconocer que el viaje ha llegado a su destino. Que lo que venía a enseñarnos, ya lo hizo. Y que seguir estirando esa historia por miedo a soltarla, es negarle la profundidad que tuvo mientras estuvo viva.
A veces, los finales llegan sin avisar: una decisión inesperada, una escena que cambia el rumbo, una despedida no planeada. Otras veces, el final se deja ver desde lejos, como una última página que sabemos que se acerca pero seguimos leyendo despacio, intentando alargar lo inevitable. Y sin embargo, cuando finalmente llega, suele traer algo más que tristeza: trae cierre, sentido, y la posibilidad de un nuevo comienzo.
El valor de un buen final está en su capacidad de resonar. En dejar huella. En que, aunque el personaje se vaya, las consecuencias de su historia sigan latiendo en los que se quedan. Porque el personaje se despide, sí, pero su historia ya forma parte del mundo que habitamos en común. Las despedidas bien contadas abren espacio para que florezcan nuevas narrativas, nuevas voces, nuevos caminos. Lo que muere en una parte del mapa, da vida a otra.
Como jugadores, aceptar el cierre de una historia también es un acto de madurez. No solo dentro del juego, sino fuera de él. A veces necesitamos soltar para crecer. Para escribir desde otro lugar. Para dejar que nos sorprenda lo que aún no ha empezado. Y eso también es roleplay: permitirnos transformarnos con cada personaje que dejamos atrás, y volver a empezar con los que aún están por venir.
Decir adiós no siempre duele. A veces, libera. A veces, ilumina. A veces, simplemente deja espacio para respirar. Así que cuando sientas que ha llegado el momento de cerrar una historia, hazlo con gratitud. Honra lo vivido. Agradece lo que ese personaje te enseñó. Y recuerda que, en el roleplay —como en la vida— cada final bien contado es también una puerta entreabierta. Un nuevo comienzo que está esperando su turno para nacer.
Porque no se trata de cuánto dura una historia, sino de lo que nos deja cuando termina. Y ahí, justo ahí, es donde empieza lo importante.
—DyabloRosa







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