Todo empieza como un juego. Un espacio donde imaginar, crear, inventar historias y nombres. Donde somos libres de ser cualquiera. Pero poco a poco, sin darnos cuenta, el roleplay deja de ser solo eso: un juego. Se convierte en un lenguaje. En una forma de mirar. En un modo de sentir. Y entonces, cuando lo que interpretamos empieza a tocarnos por dentro, entendemos que lo que hacemos roza el arte.
Porque el arte no está en el resultado, sino en lo que mueve. Y cuando un personaje nace, crece, sufre o ama a través de nuestras palabras, algo de nosotros se transforma con él. Jugamos a ser otros, sí, pero en ese proceso descubrimos partes nuestras que no sabíamos que existían. Lo que empieza como ficción se convierte, sin aviso, en espejo.
Cada escena deja una huella. Cada emoción escrita, aunque sea ajena, nos atraviesa un poco. El personaje no es real, pero las sensaciones sí lo son. Y esa es la magia: que lo imaginario tenga la capacidad de despertar lo más humano. Que la historia que se inventa detrás de una pantalla logre tocarnos el alma con la misma fuerza que una experiencia vivida.
Rolear es un acto de entrega. Una forma de interpretar que no busca reconocimiento, sino conexión. Crear un personaje es como pintar con emociones: con tonos de nostalgia, con luces de deseo, con sombras que a veces duelen. No se trata de ganar ni de brillar más que nadie. Se trata de compartir un fragmento de algo que respira entre la realidad y la ficción.
Y es en ese punto —cuando dejamos de escribir solo para entretener y empezamos a escribir para sentir— donde el roleplay trasciende el juego. Donde el personaje ya no es un avatar, sino un canal. Donde el gesto que inventamos se parece demasiado al nuestro. Donde la emoción se filtra, se mezcla, se vuelve verdad.
Porque interpretar no es fingir. Es recordar lo que podríamos ser si no tuviéramos miedo. Es permitirnos sentir de nuevo, aunque sea con otro nombre. Es escribir para curar, para entender, para no olvidar.
Y ahí, en ese pequeño abismo entre el juego y el alma, es donde nace el arte.
El arte de ser otros… para encontrarnos a nosotros mismos.
— DyabloRosa







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