Hay veces en las que abrimos la boca y no somos nosotros quienes hablan.
Es esa otra persona, ese personaje que inventamos en un instante de valentía o de huida, quien toma la palabra. Él siente, reacciona, respira por nosotros. Y lo hace con una naturalidad que desconcierta, porque, aunque sepamos que no existe, lo escuchamos como si fuera real.
Al principio parece solo un juego. Una pequeña aventura mental. Un disfraz para escapar del peso del día. Pero con el tiempo esa voz empieza a tener matices, historia, heridas. Se vuelve más humana que nosotros mismos. Y un día, sin saber cómo, descubres que lo que dice no es solo ficción. Que entre sus frases hay fragmentos tuyos que jamás habías pronunciado.
Pistas. Confesiones. Verdades que preferías no mirar de frente.
Interpretar no es solo actuar. Es sentir con otros ojos, respirar con otro cuerpo, reconocer el mundo desde una emoción que no era tuya… hasta que lo fue.
Y en ese cruce entre el yo y el otro, ocurre algo precioso: te descubres.
Descubres el tono de tu rabia, la forma exacta de tu miedo, el origen de tu ternura. Descubres que la fragilidad no te hace débil, que la compasión no siempre nace del amor, que hay dolores que solo se entienden cuando los dices con una voz ajena.
Porque el personaje no nace del vacío.
Sale de ti.
De lo que has vivido, de lo que callas, de lo que te hubiera gustado vivir.
Es un eco de tus ausencias, una extensión de tus heridas, una manera de explorar tus sombras sin romperte del todo. Por eso, aunque hable con otra voz, está lleno de tus silencios.
Y cuando lo dejas crecer —cuando dejas de controlarlo y simplemente lo escuchas—, puede devolverte partes de ti que creías perdidas. O mostrarte otras que jamás pensaste tener.
No es magia.
Es arte.
Es intuición.
Es vulnerabilidad.
Interpretar es entregarse a un espejo que no miente.
Y mirarte ahí, sin filtros, puede ser tan hermoso como aterrador.
Porque cada gesto del personaje, cada palabra suya, es una posibilidad de ti.
Un recordatorio de que también podrías ser eso.
De que, quizás, lo eres un poco.
Y lo más curioso es que cuanto más lo dejas ser él,
más te das cuenta de quién eres tú.
Como si su voz fuera un eco que viaja dentro, despejando el ruido hasta que solo queda lo esencial: tu verdad.
A veces, descubrirse no duele.
A veces, solo hace falta escuchar lo que ese otro yo está diciendo por ti.
Y agradecerle, en silencio, por haberte prestado su voz cuando tú no sabías cómo usar la tuya.
— DyabloRosa








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