A veces, sin darnos cuenta, nuestros personajes de RolePlay no nacen del todo en el juego. Vienen de antes. De alguna herida que no cerró, de un miedo antiguo, de esa conversación que nunca tuvimos o de esa versión nuestra que no encontró espacio para existir fuera de la ficción.
Y es que el roleplay, cuando es profundo y honesto, no solo construye mundos: también los revela. A veces creemos que estamos creando un personaje desde cero, con su historia, su personalidad, sus motivaciones… pero, si miramos con cuidado, descubrimos que hay gestos, decisiones o frases que nos suenan demasiado familiares. No vienen de ellos, vienen de nosotras.
Hay una línea muy fina entre la interpretación y la catarsis. Y no tiene nada de malo cruzarla de vez en cuando. De hecho, muchos de los momentos más auténticos en el roleplay nacen de ahí: de una emoción real canalizada a través de la ficción. Pero cuando esa línea se cruza demasiado a menudo, cuando el personaje empieza a cargar con dolores que no son suyos, se convierte en un espejo que, más que contarnos una historia, nos exige que nos miremos.
¿Estoy interpretando un conflicto, o estoy reviviendo uno? ¿Estoy hablando como mi personaje… o estoy diciendo algo que no me atrevería a decir como yo? ¿Estoy huyendo de algo, disfrazándolo de narrativa?
No es fácil darse cuenta. A veces usamos el personaje como un refugio: una máscara que no es mentira, pero que tampoco es toda la verdad. Y eso está bien, siempre que lo sepamos. El problema es cuando empezamos a usar el juego para evitar la vida. Cuando las emociones no resueltas se filtran en cada escena, en cada diálogo, en cada decisión… y el personaje ya no crece, solo sobrevive.
Yo creo que el roleplay puede ser una herramienta maravillosa para sanar. Pero no debe ser un lugar para esconderse. Porque si dejamos que nuestras cicatrices dirijan el relato sin revisarlas, acabamos forzando historias que no fluyen, y lo que era un espacio para imaginar se convierte en una prolongación de nuestras propias batallas.
Interpretar es también cuidarse. Es tener el valor de preguntarse: ¿esto que está sintiendo mi personaje, lo necesita él… o lo necesito yo? ¿Le estoy dando voz a su historia, o estoy usando la suya para no contar la mía?
Y quizás ahí esté la clave: en saber cuándo soltar. En aprender a dejar que el personaje respire, que tome sus propias decisiones, aunque no sean las nuestras. En dejar que se equivoque distinto, que ame distinto, que rompa con lo que nosotras aún no podemos romper.
Porque, en el fondo, los mejores personajes no son los que heredan todas nuestras maletas emocionales, sino aquellos que, al interpretarlos, nos enseñan a viajar más ligeras.
—DyabloRosa








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