El tiempo en el roleplay es una criatura extraña. A veces corre como si no existiera mañana. Otras, se detiene en un rol que parece durar horas, aunque dentro del mundo del juego solo hayan pasado unos minutos. Y en medio de esa danza invisible entre el tiempo real y el tiempo ficticio, vamos construyendo historias que, aunque sucedan en mundos inventados, nos atraviesan de verdad.
Hay algo hermoso en cómo el tiempo se estira y se encoge en el rol. Un gesto puede quedarse suspendido en una línea, mientras los jugadores piensan cómo responder. Un silencio puede alargarse lo suficiente como para sentirse real. Una conversación puede durar días fuera del juego, aunque en la ficción solo haya pasado una noche. Y sin embargo, todo eso cuenta. Todo eso forma parte de la historia. Porque en el roleplay, el tiempo no se mide en relojes: se mide en impacto.
A veces, sentimos que “vamos lentos”, que una trama “no avanza” o que un personaje “está estancado”. Pero quizá estamos confundiendo avanzar con moverse. Hay procesos que requieren pausa. Hay heridas que no se cierran en un solo rol. Hay decisiones que necesitan madurar con el paso de los días, incluso aunque el juego no las represente minuto a minuto. Y eso está bien. Porque el tiempo, en el rol, también tiene que ver con el ritmo interno de cada personaje, con su forma de vivir las cosas, con lo que calla y lo que aún no está listo para decir.
También ocurre lo contrario: personajes que en cuestión de horas han vivido lo que otros tardan meses en atravesar. Y es que el tiempo en el roleplay también es una cuestión de intensidad. A veces, una sola situación de rol puede cambiar por completo a un personaje. O una frase puede marcar un antes y un después. Porque no importa cuánto tiempo ha pasado fuera del juego… importa cuánto ha significado dentro.
Y luego están los huecos. Los tiempos que no se rolean. Los “días que pasaron entre un rol y otro”. Los silencios en los que los personajes siguieron viviendo fuera del ordenador. También eso es tiempo. También eso cuenta. Y a veces, lo que no se dice pesa tanto como lo que se interpreta. Porque el tiempo, incluso en ausencia, deja huella.
Rolear es, de algún modo, escribir a contratiempo. Crear en presente lo que nuestros personajes vivirán en pasado. Adivinar en el ahora lo que será un recuerdo más adelante. Aceptar que no siempre podemos controlar los ritmos, ni en la historia ni en quienes la habitamos. Y, aun así, decidir estar. Esperar. Sentir. Porque en el fondo, el roleplay también es una forma de reconciliarnos con el tiempo. De darle forma, de desafiarlo, de usarlo a nuestro favor.
Así que no temas si tu historia va más despacio que otras. No te apures si hay roles que tardan en llegar. Y, sobre todo, no midas tu rol por cuánto tiempo llevas con un personaje, sino por cuánto has vivido a través de él. Porque en este arte que compartimos, el tiempo es un ingrediente invisible… pero fundamental. Y a veces, lo más importante no es cuánto dura una historia, sino cómo se sintió mientras la jugábamos.
DyabloRosa








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